EL ORGULLO
1 Crónicas 21
Se que no lo debo hacer, ya se que está mal, que me va a perjudicar, pero de todos modos lo hare’. Que peligroso y dañino es cuando pensamos así, cuando “nos montamos en nuestro macho” del orgullo y no hay poder humano que nos haga cambiar de opinión.
El rey David se había consolidado en el trono, ninguno de sus enemigos pudo hacerle frente, enemigos mucho más poderosos como el gigante Goliat o el formidable ejército sirio habían sucumbido ante él. ¿La clave? Normalmente consultaba a Dios sobre que, como, cuando y donde; hacía la voluntad de Dios y recibía ayuda divina para salir adelante, en realidad, todo lo que era y lo que tenía se lo debía a Dios.
El poder y la riqueza hacen perder el piso, David no fue ajeno a esta tentación. Se sintió poderoso, quiso saber lo poderoso que era en términos cuantitativos, el indicador que escogió fue el número de guerreros con que contaba en todo el reino, así que ordenó a Joab hacer un censo militar. El censo en si no tenía nada de malo, el problema era la motivación, dice la escritura que Satanás lo incitó a hacer el censo, seguramente apelando a su ego, le diría algo como ‘eres lo máximo, has logrado lo que nadie antes que tu ha logrado, tienes un ejército poderoso, por cierto ¿cuántos soldados tienes? Sería bueno saberlo…’ ¡Zas! David cayó en la tentación de confiar mas en si mismo, en sus fuerzas y en sus logros mas que en el Señor.
Joab, quien buscaba engrandecer y beneficiar a su rey, sabia que eso no le dejaría nada bueno a David, vio el peligro y se lo expresó al rey, sin embargo, su majestad se empecinó en hacer su soberana voluntad y el general no tuvo mas remedio que obedecer. El resultado preliminar fue de 1’,570,000 guerreros, ¡quizá el mas grande del mundo en esa época!
En este punto, Dios le envía a David al profeta Gad para confrontarlo y darle a escoger el castigo que todo el reino sufriría por el pecado de su líder. El rey escogió una epidemia, la cual azotó a la población con miles de muertos. ¡La fuerza en la que David confiaba, de un momento a otro podía quedar reducida a nada!
Al ver sufrir a su pueblo por su causa, David se quebrantó, experimentando hasta este momento el arrepentimiento verdadero, casi puedo imaginarlo postrado, con lagrimas en los ojos diciendo: ”¡ Yo mismo soy el que pequé, y ciertamente he hecho mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? Jehová Dios mío, sea ahora tu mano contra mi, y contra la casa de mi padre, y no venga la peste sobre tu pueblo!”.
Ante tal arrepentimiento, Dios paró la epidemia y recibió la adoración de David.
Reflexionemos
¿En quien confías? ¿Te has sentido alguna vez el mero-mero o la mamá de los pollitos? ¿Presumes a menudo de tus logros o le das la gloria a Dios? ¿Qué tanto dominas tu orgullo y que tanto domina este sobre ti?
Transformados para servir
Josías I. Glz
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